
Al consumarse la transición en el reino de Soponcio, los reporteros especializados en cuestiones de política quedaron sin "materia de trabajo" (en el nuevo régimen se trataba de construir la tolerancia y la lucha política ideológica se convertía en una pura nostalgia o algo de mal gusto, digna de personas alteradas y víctimas de sus propias contradicciones psíquicas) y tuvieron que adaptarse para hacerle honor a la especie humana que rompe sus barreras en su cotidianeidad. Los foto-reporteros transitaron a la pornografía y a la nota roja. Pero en las dos líneas terminaban en otro tipo de política. A los burdeles llegaban los políticos a desfogarse por todos lados, ejercitaban la vacuna contra el carácter anal del capitalismo. Y así quedaban en sus archivos evidencias gráficas que utilizaban para establecer amistad con los políticos asiduos a los antros y, de paso, ganarse un dinerito, que nunca cae mal. Sea cual sea su origen --si no se es un moralista--, el dinero enaltece en una sociedad dineraria. De ahí que un antiguo suegro no preguntara por mi oficio sino por el monto de mis ingresos.
La forma de curar el bicho --en todo momento latente--, según los teóricos de la transición, era metiendo policías a las unidades habitacionales donde había jóvenes, muchos jóvenes, luchando todos los días por hacer más soportable y alegre y creativa la gris existencia. Dado la especificidad que había tomado la transición misma, todos estos jóvenes eran motivo de sospecha, tenían que ser amaestrados con policías. Debían meterse en la cabeza que el paisaje para la paz era la policía del Estado en todas sus variantes. Y quien no lo entendía así, debía tener algún trauma desde su infancia por lo cual era bueno que acudiera con el Doctor YXZ, uno que tenía unos archivos super en los que se abismaba para sus teorías.
A los periodistas de la pluma no les quedó el recurso de pasar a Caballero porque ese espacio ya estaba acaparado por otros que habían llegado antes. Algunos lograron sumergirse con muchos litros de alcohol en la nota roja, y por ahí se realizaron con una buena novela policíaca que alcanzaron a publicar --a fuerza de endeudarse--, meses antes de que la cirrosis los finiquitara. Otros se hicieron asesores. Por lo general, si son listos, tienen que sedarse con combinaciones etílicas de alto espectro. Cocaína, of course. Y terminan como el personaje aquel de la novela de Aguilar Camín ( La guerra de Galio), a las cuatro de la mañana. Pero también los hay de un perfil más técnico que se conforman con hacer lo que el patrón mande (o pida el cliente) y cobran sus horas extras con blanca, lo cual les satisface desde todos puntos de vista, pues al hacer su trabajo son creativos y, además, se les ahorra un movimiento innecesario --en el que se exponen a lo güey-- para ir en busca de aquello que forma parte de su canasta básica. La transición abrió ese debate: ¿cómo tenemos que definir ahora la llamada canasta básica? A lo que una señora de muy buen ver --de esas que ya no se cuecen al primer hervor-- opinó que ella votaría por incluir en la lista sus pastillas de la mañana y de la noche que toma con receta. Sí, la sociedad exige reglas, convivencias, recetas. Le voy a sugerir a mi doctor que me expenda unas recetas para María, que como dicen Santana y el Púas Rupén, ni es droga y además es Santa. ¡Chale!, en una de esas terminamos levantando la bandera de la libertad de religión, como el Monsi come curas.
Habría que ver en relatos breves cómo murió el periódico aquel del hueso y la máquina mecánica con las capturistas y la banda de talleres, Chucho el armador y su cutter asesino. A veces llegaban órdenes de última hora y el buen Chucho tenía que echarse el tijeretazo encima. Era como los malos de Rico Mc Pato.
Queda una pregunta: ¿Habría sido lo mismo sin el compromiso? ¿Que de qué compromiso estamos hablando? Sí, pues, del que estamos hablando.


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