
Otra característica del Estado ahí donde la explotación del trabajo se organiza científicamente y con reloj a la mano, además de la reducción al mínimo de las prestaciones sociales, es la del control.
En su paranoía por ser más, el capital (y aquí el capitalista concreto no nos importa para nada) está obligado a penetrar los secretos en el interior de los cuerpos que esclaviza. No le basta ya con la huella digital, una vez que en cualquier laboratorio mínimamente postmoderno se ha generalizado el uso de los guantes (y el laboratorio es la fábrica postmoderna del trasiego de los órganos); solicita con urgencia, exige, la prueba de ADN.
El policía Sarkozy que doblegó a los adolescentes de los barrios marginales de París en octubre-noviembre de 2005 con una mezcla de represión y colonización por el Liceo, proyecta hoy, mediante una ley de inmigración, hacerla de ingeniero en el cuerpo de los "inmigrantes".
Bien ha dicho el gran cineasta Ettore Scola que el reality show es semejante al nazismo en lo que a la producción de ruinas hace.
El Estado de control busca por todos sus medios hacer de su fuerza de trabajo un objeto diseñado para ser explotado.
La lógica de policías como Sarkozy es bien simple: si los "inmigrantes" llegan a Francia para ser sometidos a la superexplotación, entonces serán enemigos de la seguridad nacional hasta en las horas del sueño. Lo mejor es hacer un banco genético y saberlo todo acerca de ellos...
Lo malo es que quienes dicen "defenderlos" dentro de la "sociedad civil" francesa a lo ONG, los llaman "extranjeros". De ahí la novela del argelino en París, Albert Camus, El Extranjero.
21 de octubre de 2007.


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