
La gran tragedia de los amantes de lo diverso (en el fondo, con serias reminiscencias románticas), para los que la naturaleza existe en la arborescencia, es que la diversidad postmoderna es también un mero artificio del mercado: desde el tamaño infinito de coños y vergas, hasta sabores exóticos y "tipos" de alucine. La diversidad está al alcance tecnológico, es producida y reproducida, basta con la decisión del "sujeto".
También ocurre a menudo, entre aquellos que acometieron una gran tarea con la fe y el entusiasmo de quien cree, como sujeto, poseer la verdad universal o acercarse a ella con la seguridad de una fórmula mecánica, objetiva e infalible, que, luego de una gran derrota, pasen al extremo opuesto: la verdad objetiva no tiene ninguna existencia; su forma de existir es la multitud (la perspectiva infinita de los "sujetos") y todo intento de reducirla a una mera representación en aras de la ley, en aras de la "objetividad", ya es mero idealismo, totalitarismo, léase, nostalgia mítica de la totalidad perdida.
Los partidarios de la "inteligencia hormiga" discuten en realidad la tesis de Marx en el capítulo proceso de trabajo y valorización (V, Tomo I) cuando, desde su sujeto racionalista, el autor de El Capital hace la diferencia entre el peor de los carpinteros y las abejas, en el hecho de que lo humano hace planes y se guía por ellos en el proceso de trabajo, en tanto que el movimiento de los insectos es físico-mecánico.
El plan reduce a trazos con fines prácticos. El plan es un atributo del sujeto que transforma con su accionar el mundo.
Para los teóricos de la multitud y la inteligencia del enjambre, no se trata de ningún modo de ese idealismo hegeliano cuyos ecos humanistas en Marx se perciben ahí claramente. Mejor, como en los poemas de Morrison, cada instante hace un conocimiento del "objeto" y a fuerza de magia lo convierte en Caos o en Cosmos --al final lo mismo-- e inicio de un nuevo nudo que quién sabe a dónde conducirá. El futuro es impredecible. El instante nunca está en manos de ninguno. Ocurre a pesar del plan y en su contra. ¿En dónde está el sujeto? El sujeto es una pura soberbia hegeliana (véase que nunca se dice kantiana). La vida es una multiplicación de instantes a la N, hablamos de expansión en lugar de "acumulación de fuerzas", y hay que irla gozando. Encontrando el modo concreto de poner el siguiente piso (para arriba, para abajo o para los lados, no importa), según las circunstancias. Ahorrémonos la arrogancia de hacer pronósticos.
Y así, mientras oímos la cátedra sobre la ontología del instante y el modo de gozar la incertidumbre (algo puramente hegeliano, vamos, en lo que toca a su método...), imaginamos la concreción de un discurso tal en las ciudades perdidas de la periferia de nuestras ciudades, con los cerros sembrados de construcciones inconclusas de ladrillo gris, coronadas con varillas despeinadas en espera de la próxima oportunidad, el siguiente piso, la suerte del compadre, los tubos de gas, perros y tendederos. Sí, sí, crecer sin plan y a como viene, pero crecer. Inventar la forma de hacerlo sobre las barrancas. Ya mi hijo será arquitecto, irá a hacerse licenciado en la UNAM. Y luego vender el Invento del Equilibrio que, si no funciona, bien puede convertirse en ganancias mortuorias, bisnes para entierros, crucecitas para llorar en la foto, rosarios, y luego los talleres de la recuperación de la fe y la autoestima.
El discurso de ciertos críticos "anti-renacentistas" sobre la "inteligencia del enjambre" pareciera ser el reflejo de la construcción de San Agus, más allá de la Aragón, yendo de Ecatepec a Cuati. La arquitectura subalterna. Es decir, no la cultura libre de la multitud sino la forma de ir sobreviviendo al Estado. Y así, nuestros negrianos terminan convertidos en una envoltura postmodernas de nuestros viejos "populares".
28 de octubre de 2007


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