
Después de 30 años de bonanza petrolera y en el punto más alto de los precios por barril, Tabasco es un pantano que se muere bajo el agua, por más que locutores se esfuercen en vender el "decomiso récord" de cocaína en el puerto de Manzanillo.
Ocupado como está el ejército en su persecución del EPR y en su guerra contra el narcotráfico, apenas estorba --y pesa-- ante la debacle de poblaciones enteras en el estado sureño de México,
Literalmente cogidos de un leño, con el agua al cuello, toreando las aguas, los tabasqueños sufren el presente tras vivir el largo pasado como promesa eterna de futuro. Y lo padecen con discursos inflamados sobre la unidad de los mexicanos que nunca les toca.
Prudentes analistas apuestan a las "trincheras de la sociedad civil" y argumentan con pulcritud que la vacuna contra la sobreacumulación de capital, latente en el "nerviosismo inmobiliario", estriba justamente en la destrucción de lo ya creado, en la desvalorización del trabajo acumulado. De ahí que la ciencia del momento --explican los corredores-- sea aquella que organiza las "tragedias naturales " de tal forma que las subsume a la racionalidad de los costos capitalistas. Financieros que estudiaron la lógica de la maximización en los campos de concentración hitlerianos.
Otros más imprudentes celebran que las aguas desbordadas del Río Grijalva caigan literalmente del cielo en favor del Plan Puebla Panamá. El capital se reproduce en la lógica incesante de la "reconstrucción". Es ahí donde enseña el músculo. Hace buenos bisnes con máscara de beneficencia. Cementa la nacionalidad en función de la caridad. Aunque todavía esté por verse en qué se precipita esta macro crisis en un contexto en el que las comunidades indígenas del sur del país, los gremios petroleros y de la salud en esa zona, la pequeña industria y el comercio regional son devorad@s por el gran capital de las empresas trasnacionales.
El pueblo tabasqueño, como el mexicano, no puede esperar sobrevivir a los "desastres naturales" gracias a la ayuda de los mismos que propiciaron su ruina. Sólo la iniciativa de los propios habitantes de la zona en desastre, su control de los puntos de abastecimiento principales, la socialización de los alimentos y de la ayuda recibida del "exterior", impedirá que al arrasamiento por las aguas siga el del gran capital con sus planes de expansión. La miseria sería cada vez más grande. Y sin límite.
Se trata de forjar una subjetividad en medio de la debacle.
1 noviembre de 2007


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