| 1 A fines de enero, el escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza supo, una vez más, exasperar a ese tipo de lector que se jura "espíritu crítico" aunque acepte sin mayor examen la idea —políticamente fullera, sin duda— de que existe una diferencia específica entre las FARC y cualquier otra organización dedicada al terrorismo y a la delincuencia organizada a escala transnacional, tal como es la escala del narcotráfico. El artículo de Mendoza, titulado "La banalización del mal", originalmente aparecido en El Tiempo de Bogotá, y reproducido en este matutino el día 30 de enero, ya había desatado en Colombia una de esas "polémicas" que, bien vistas, no son tales sino, más bien, apenas ocasión de que unos cuantos grafómanos y otros tantos grisáceos profesores de comunicación social "cogieran prensa" sin que, al cabo, dejasen dicho nada sustantivo y valioso como no haya sido el desfogar su resentimiento contra el "provocador fascista", en este caso, un articulista de indiscutible probidad y valía que, sencillamente, dio en el clavo con un brillante artículo. Mendoza interrogó en su artículo cierta idea seráfica que desde hace tiempo se hace circular acerca de los deberes del periodista y los límites de la libertad de expresión en nuestras sociedades. Al mismo tiempo, puso en cuestión la calidad de "rebeldía filantrópica", "de insurgencia social", que la prensa y los periodistas —en nuestra América y Europa— atribuyen a envilecidas bandas terroristas como las FARC. El motivo de la escandalizada batahola entre periodistas colombianos fue un reportaje aparecido en la revista Cromos, casualmente en el mismo número anualmente dedicado a promover las suculencias de las candidatas al reinado de la belleza en Colombia y que Plinio Apuleyo Mendoza no dejó pasar sin comentario. "En vísperas del concurso —observó—, incrustado en medio de una espléndida exhibición de caras, bustos, caderas, piernas y siluetas ajustadas al ideal 90-6090, aparecía don Raúl Reyes, dirigente de las FARC, visitado en su campamento por los reporteros de la publicación". El reportaje, firmado por la redactora Gloria Castrillón, es manido espécimen de un patrón en verdad añejo: el trabajo de prensa que se ufana en el sumario de haber "cruzado las líneas", con gran arrojo de los reporteros, para llevar a sus lectores una rodajada de "vida cotidiana" en el territorio controlado por las FARC. El "ángulo humano" del cabecilla terrorista se destaca con alusiones al hecho de que, además de sofisticados equipos de comunicación, cuenta con equipo estéreo y sonido y un aparato de DVD para estar al tanto de las novedades del cine contemporáneo y que en su "despacho" siempre hay flores. También hay chicas en el campamento; "Raúl Reyes a la sombra de las muchachas en flor" habría podido ser el título del reportaje. Esto último sugiere a Mendoza uno de sus más socarrones comentarios: "A este noble apóstol —según la publicación— le gusta estar rodeado de mujeres: vanidosas muchachas —se nos cuenta— que 'se maquillan, se tiñen y se encrespan el pelo' . No tienen, eso sí, tiempo de tener hijos, y si los tienen, tal vez por accidente, se los dejan a los abuelitos. Las fotografías complementan esta información mostrándonos las funciones recreativas que tienen lugar en las noches o una odontóloga curándoles sus caries a los llamados por la revista 'insurgentes". Llegado aquí, es cuando el artículo de Mendoza comienza a pegar duro y donde hace daño: "Muy interesante —observa—, pero sucede que tras esta arriesgada expedición por caminos recónditos de la selva, los periodistas de Cromos dejaron de lado otras actividades del campamento. Prefirieron ignorar las famosas minas 'quiebrapatas' que allí se fabrican y dejan sin piernas a soldados y niños campesinos; los cilindros repletos de explosivos que pulverizan aldeas o una iglesia de Bojayá llena de niños, mujeres y ancianos; los caballos, bicicletas, carros o collares bomba; los secuestros de escolares o de feligreses, por culpa de lo cual los 'insurgentes' de Cromos son conocidos y catalogados oficialmente en el mundo como terroristas". He allí, mostrada con crudeza, una de las improbidades mayores de cierto periodismo "de izquierda" : pretender hacer falsas distinciones recurriendo a la marrullería semántica de llamar "rebeldes", "insurgentes" o "actores armados" del conflicto social a quienes, en los hechos, se dedican a extorsionar con la violencia no sólo a un gobierno, sino a una nación entera. Mendoza invoca en pro de su argumento una observación de Jean Francois Revel quien "ha denunciado más que nadie la manera como las simpatías ideológicas maquillan a favor suyo la información". Es ya un extravío frecuente —en verdad, cosa de todos los días—, el modo en que muchos periodistas latinoamericanos prescinden de lo evidente cuando la realidad contradice sus creencias. Acaso porque —sugiere Mendoza— su necesidad de creer es más fuerte que su necesidad de saber. "Las ideologías —sostiene Revel— suelen ser máquinas para escoger hechos favorables a nuestras convicciones y rechazar los otros". "Algo de eso —concluye Mendoza— está ocurriendo en Colombia, especialmente con dirigentes y periodistas de cierta izquierda. Nutridos en los credos de Marx —como fue mi caso cuando joven, no lo niego— eluden la evidencia cuando contradice esa vertiente ideológica. Niegan el carácter terrorista de las FARC o el ELN (sólo admiten el de las Autodefensas), poniendo el acento sobre sus objetivos políticos o revolucionarios y eludiendo la condena abierta y la calificación de sus métodos". 2 Maite Rico, la extraordinaria periodista española que, en trabajo conjunto con Bertrand de la Grange (La genial impostura, El País-Aguilar, Madrid, 1998), expuso incontrovertiblemente al mundo la impostura mucho más que mediática del subcomandante Marcos, ha escrito perspicazmente sobre esa insidiosa forma de censura neoestalinista que se esconde bajo los preceptos, aparentemente ecuánimes, de la llamada "corrección política". Se trata de un tema muy afín al abordado por Plinio Apuleyo Mendoza en su pieza de opinión de hace tres semanas. Es obligatorio constatar cómo la jerga, pretendidamente "neutral" y "científica", que han ido acuñando con los años las ONG del planeta, ha sido objeto de una cínica apropiación por parte de los terroristas de las FARC, del ELN y sus simpatizantes de la prensa del tipo Le Monde Diplomatique. En efecto, si el ataque a una población colombiana entraña asesinar a los pocos atemorizados y mal armados agentes de policía, copados en su garita por la mera superioridad numérica del grupo atacante, con el bárbaro método — inventado por la guerrilla salvadoreña en los años 80— de arrojarles una bombona de gas doméstico de 10 kilogramos repleta de explosivos y de metralla, si ese mismo ataque contempla como recurso de ablandamiento moral de la población, previo al ataque, hacer desbocar de madrugada por sus calles un "caballo-bomba" —la sola imagen resulta diabólica—, ¿qué objeto o sentido tiene llamar "actor armado" al hijo de puta que concibe y ejecuta semejantes atrocidades? Sólo uno: servir, calculada o involuntariamente, a sus fines tiránicos. Si en un conflicto se distinguen "actores armados", los demás afectados no serán ya "actores", sino sujetos amenazados, cuando no inermes víctimas. Llamar "actor armado" a uno de estos malandros pretende vindicarlo moralmente como alguien que, agotada toda vía institucional, no ha tenido otro camino que la insurgencia. La de "actor armado" es una categoría tan tramposamente laxa que hoy puede incluir desde a Emiliano Zapata hasta los sicarios de Pablo Escobar que asesinaron a Luis Carlos Galán o a los que mantienen secuestrada desde hace años a Ingrid Betancourt, sino también, como señala Mendoza, a los captores de humildes soldados, "encerrados como animales en alambradas levantadas en la selva" o a quienes mataron a la niña Daniela Vanegas, "asesinada de cuatro puñaladas en el corazón porque su padre no pudo pagar a las FARC el dinero exigido para su rescate". Una tradición de gramáticos y lexicógrafos como la colombiana no podía dejar fuera a las organizaciones narcoterroristas y así, las FARC y el ELN, han acuñado un impúdico y cínico glosario que llama "retén" al vulgar asalto en carretero, "retención" a lo que no es más que un secuestro, "impuesto de guerra" a la extorsión, "actores armados" a los sicarios "de izquierda" y "paramilitares fascistas" a los genocidas de ultraderecha. Los periodistas tienen la responsabilidad ineludible de no acceder a estas prestidigitaciones semánticas que, en definitiva, no los hacen más leales con sus lectores ni con la autocomplaciente figura moral que a menudo se hacen de sí mismos, ni mucho menos con la función de suministrar —como pide la admonición de la Universidad de Columbia, tan invocada últimamente por los "comunicólogos" chavistas que aprobaron la ley resorte—, el tipo de "información exacta y digna que los lectores necesitan para actuar —¡y decidir!— en una sociedad libre", ni da cuenta cabal "de hechos exactos, confiables y puestos en un contexto inteligible". Llamar "golpistas" a los millones de pacíficos marchistas del 11 de abril de 2002, como si todos ellos fuesen conjurados del grupúsculo ultraderechista que confiscó su civismo y cuyo mascarón de proa fue Pedro Carmona es tan dinamitador de la verdad como llamar "insurgencia popular" a la artera intentona de una minúscula logia de conspiradores ocurrida el 4 de febrero de 1992. |