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No todos los militantes presos que fueron beneficiados por la reforma política lópezportillista de finales de los setentas tuvieron que comprometerse de manera tácita con el Estado a silenciarse como teóricos políticos. Esto sólo le ocurrió a los pocos obsecados que insistieron en "una posición irreductible y reduccionista desde el marxismo".

 

La mayor parte de los liberados --a un mismo tiempo liberales-- no estaban obligados a hacer ese compromiso, ya que no eran violentados ni en sus principios, ni en su programa político, si, al salir de cana, ponían su huella dactilar sobre una declaración en la que se comprometían por lo más sagrado a respetar en todo momento los preceptos constitucionales. Ahora que habían comprobado la ineficiencia de la guerrilla urbana y, en general, de la vía armada, defenderían por la vía pacífica sus ideas justicialistas contra los malos gobiernos anticonstitucionales. Era cosa de ser honesto y luchar por la verdad (ese patrimonio privado) "hasta la victoria".

 

Cierto tipo de socialistas, no necesariamente liberales, deben incluirse en este trasiego que se produjo en las cárceles del país mientras los órganos gutiérrezbarristas propinaban la puntilla a los restos descompuestos de la LC-23S. Socialistas que mezclaban, extrañamente, lenguajes y métodos troskistas aprendidos en el árbol genealógico de la IV Internacional con posiciones del "nacionalismo revolucionario" a lo Rico Galán. El más prominente de este tipo de presos liberados es Adolfo Gilly.

 

Antiguo troskista en Argentina, Adolfo Gilly teorizó en Lecumberri el carácter interrumpido de la revolución mexicana y su perspectiva de continuidad por el bloque del cardenismo. Su libro ( La revolución interrumpida) era obligado en los CCH's casanovistas cuando ahí estudiamos entre 1974 y 1976. Podríamos decir a la distancia que su texto contribuyó ideológicamente, de manera central, al nacimiento del PRD en 1989, que incluyó a una poderosa corriente del socialismo legal en México.

 

 

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Convencido de que existía una contradicción irreconciliable entre el internacionalismo troskista de Gilly y su "nacionalismo revolucionario cardenista", una buena tarde de esas, el colmilludo y sabio de Octavio Paz, que trabajaba para Televisa, lo invitó a que se enfrentara en debate altamente publicitado con los "nuevos filósofos", llegados de Francia. Existía la libertad en México para que el téorico más destacado de la izquierda socialista opositora expusiera sus ideas en el Canal de las Estrellas.

 

No había empezado todavía la desigual confrontación entre los bandos (eran tres nuevos filósofos contra Gilly), cuando el supuesto "moderador", que era el propio Octavio Paz, le preguntó a Gilly a boca de jarro y ya al "aire" que qué hacía con aquella frase de Marx y Engels en que los fundadores del socialismo científico justificaban y aplaudían la invasión gringa en México y el robo de su territorio en el siglo XIX como un avance del progreso sobre la civilización. Dado que Gilly no había madurado todavía al nivel de su posterior debate sobre el queso agujereado con el Subcomandante Marcos, y como tampoco --¡mucho menos!--, le tocaba a él, con su tono de la pampa, hacer la defensa abstracta del internacionalismo proletario; decir, por ejemplo: "efectivamente, fue el progreso, aquello estaba en abandono por la descentrada Colonia y los años de la anarquía; de no haber sido como fue, californianos e incluso texanos estarían con una especie de navismo potosino. Izquierda católica, de médicos privados cuando los ferrocarriles sí eran, ¡che!"  ... No, no podía: lo habrían linchado al salir de los estudios de televisión con toda esa xenofobia antiargentina que fomentaba la tira tipo Hank entonces entre los sectores clasemedieros (y futboleros) del Distrito Federal en progreso.

 

Tampoco podía Gilly decir, ", ¡pos achis!, Marx puede decir misa pero yo pienso esto". No lo podía decir en ese entonces, y no lo podíamos decir nadie en la izquierda, peques y cristianos como éramos. Tuvieron que llegar Salinas de Gortari y la globalización para que se nos quitara un poco --sólo un poco-- lo provincianos. Tuvo que ocurrir esa revolución de las relaciones sociales por la burguesía de la que hablaron en el Manifiesto del Partido Comunista "los fundadores", para que pudiéramos decir: "sí, ¡pos achis!, imitando al principio el sano desparpajo del subcomandante Marcos.

 

Gilly fue sorprendido completamente por el astuto Octavio Paz con una pregunta que le debe haber girado mucho tiempo en la cabeza a él y a la izquierda mexicana, y terminó por perder la figura. Desde la lejanía voy entendiendo que aquel racionalismo representado por Gilly frente a los filósofos nietzcheanos del caos, perdía desde la entrada por su completa subestimación de la imagen ante las cámaras. El espacio donde "las tablas" matan a tablazos al verbo y a las ideas, no era el fuerte de esa izquierda. Gilly perdió la compostura, pues estaba caliente a leguas y Octavio Paz se contentaba con hacerle guiños al camarógrafo para que le echara un close up al agitado profesor que se comportaba igual que si estuviera en el Auditorio de la Facultad de Economía.

  

Después de aquella derrota semiótica del representante de la izquierda (por el cual me sentía representado frente a la tele de mi casa, casi taquicárdico) en manos de Octavio Paz y el Grupo Vuelta, entré en escabrosas reflexiones que se me prolongaron por varios meses. Me repetía sin tregua: "yo no quiero salir en la televisión nunca". Debo decir que, en realidad, en lo más profundo de mi "autopropensión marginal" a lo K (podría ser el K de Brecht, pero también el K de Kafka), anhelaba quedarme para siempre en las butacas del Ho Chi-Min, donde Rosario Robles repartía tres minutos de tiempo para que los subalternos nos desfogáramos y, de paso, nos hiciéramos especialistas en el arte de la síntesis a toda carrera, tipo perro en el Periférico. Después RR, a diferencia de Gilly, logró el dominio de formas y tablas frente a las cámaras y hasta convirtió su corte de cabello en una moda. Pero basta ya de distanciamientos...

 

 

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Tomé clases de sociología con Adolfo Gilly por el año de 1978, si mal no recuerdo. Su clase tenía la calidad que sólo hubiera podido darle un militante de izquierda que ha pensado seriamente en su existencia y que busca una salida. Apuntes llenos de arte y observaciones agudas de largos años sobre la especificidad del Estado, puesta de manifiesto en el fenómeno del cesarismo. Estudié con él Las luchas de clases en Francia y El XVIII Brumario de Luis Bonaparte, los textos periodísticos de Marx sobre la revolución proletaria derrotada en la Francia de 1848. A Marx no le asustaba la derrota, mejor llamaba la atención en que se trataba de la primera revolución obrera en forma de la era moderna contra la burguesía. En aquella coyuntura especial, Marx tampoco explicaba mecánicamente la relación entre el Estado y la clase dominante. El cesarismo --o bonapartismo-- suprimió también la libertad política al partido de la burguesía; pareció representar a toda la sociedad en su conjunto a través de un remedo de caudillo apoyado en el lumpen armado y con charola.

 

 

 

 

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Consecuente con su teoría de la revolución interrumpida, ganado ya completamente para el lado del "nacionalismo revolucionario", Adolfo Gilly fue el ideólogo de la disolución de la corriente socialista del MAS (Movimiento al Socialismo) dentro del programa constitucionalista del PRD. 1989. Los socialistas del MAS --con toda la fuerza conquistada en la exitosa huelga ceuísta de 1986--pretendían conservarse como corriente "histórica", fusionados con el cardenismo recién desprendido del PRI. ¡Una utopía!. Tras la renuncia a su programa socialista, estuvieron condenados a hacerle el caldo gordo a Porfirio Muñoz Ledo.

 

No obstante, sería una injusticia si tratáramos a Gilly como si fuera lo mismo que otros que lo acompañaron en su aventura perredista. Su talla intelectual le impedía someterse al priísmo burocrático. En el Segundo Congreso Nacional del PRD --que se resolvió en un hotel contigüo al salón donde se efectuaban los debates--, Porfirio Muñoz Ledo pactó con los Puntos Críticos y con los ex maoístas y ni hubo que votar nada. Gilly había dado una cátedra sobre un programa de reformas al socialismo que nadie se atrevió a rebatir en el nivel de las exigencias. Pero cuando iba a sobrevenir la votación y el propio Gilly no podía creerse lo próximo de su triunfo teórico político (labrado a lo largo de lustros), apareció por una de las puertas del pasillo un macromariachi contratado por Porfirio que disolvió la asamblea y trasladó "la discusión programática para dentro de dos meses en las Mesas de Oaxtepec", dejando a Gilly con un palmo de narices. Fueron meses duros en los que Gilly prefirió esfumarse.

 

Al profesor debe reconocérsele que, a diferencia de otros ex troskistas que compartieron con él mucho del camino, supo acentuar desde hace varios años la crítica a la corrupción y al oportunismo del PRD y deslindarse de la borrachera lópezobradorista en pleno proceso electoral, hace un año. En su visión sobre la raíz popular del proceso de revolución permanente no confluyó abiertamente todavía con el zapatismo. Y sus pesadas anclas en el cardenismo histórico le dificultan estar de vuelta en el socialismo. No avaló el llamamiento general que hicieran los intelectuales encabezados por Carlos Monsiváis para el linchamiento policiaco de los jóvenes huelguistas del CGH, en 2001.  En eso sólo compartió el honor con sólo dos de los intelectuales prestigiados en México: Augusto Monterroso y Julio Scherer García.

 


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